Don Quijote.

Posted on 17 junio 2009. Filed under: .COMPRENSIÓN, .SKIMMING, .Subrayado, .VOCABULARIO, .web, 2.B. COMPRENDER, UNIDAD 11. Las fiestas, UNIDAD 4. Despeñaperros |

Dibujo sobre el Quijote

Don Quijote.

Plantillas para hacer un sketch, despues de haber comprendido un pasaje de la novela de Cervantes.

EL VIAJE DE DON QUIJOTE

El viaje que realiza Alonso Quijano tiene un punto de partida y un destino: su casa
y la utopía; el primero puede comenzar en el nombre elegido: Don Quijote de la Mancha
y respecto al segundo su fin no alcanza a vislumbrarse porque no existe. El concepto de
utopía tiene parentesco con el de infinito.
También tiene confusos o ambiguos sus límites y sus cometidos ya que las altas
labores a que se ven obligados los caballeros andantes, según Don Quijote tiene más que
ver con lo dicho que con lo hecho, con la palabra más que con la acción.
El gran viaje será precisamente el que realice desde la palabra hasta la acción.
Luego – tal vez – desandará el camino.
Para realizar ese periplo, nuestro personaje se ve inmerso en un juego de
contrarios. Es así que Cervantes organiza toda su obra sobre la base de la oposición de
categorías.
Se establece un balanceo entre lo cerrado y lo abierto, entre la casa y la
intemperie, entre la locura y la cordura, entre la lectura y la palabra, entre la quietud y la
acción, entre la delgadez y la gordura.
Prácticamente toda la obra se desarrolla a la intemperie, salvo el comienzo, el
final y los intervalos que promueven sus repetidas derrotas. Cuando hablo de lo cerrado
me refiero sólo a su casa, y dejo exceptuados las ventas, la casa de los duques, la casa del
caballero del Verde Gabán, las imprentas.
Tomo la casa como un referente de cultura, un estadio de la evolución humana. El
hombre primitivo es nómade, cazador, aislado; en su evolución, el individuo pasa a
asentarse, es sedentario, agricultor, gregario. La “casa” el “adentro” es, de algún modo el
lugar del abrigo, de la protección.
También del recogimiento, de la reflexión, incluso. Un momento de sosiego en la
carrera del pensamiento, aunque no de la vida. Es el espacio propicio a la cordura. El
“afuera” es el salirse de esos límites que impone la misma casa, es el asomarse al peligro,
la salida de sí, de su casa o de “las casillas”; por eso el loco es el que se sale de sus
casillas. Y se asoma a la intemperie, a la aventura, a lo desconocido, al peligro. Y a la
maravilla. También podría verse este viaje de la casa al campo y del campo a la casa de
regreso, como el viaje de la iniciación del héroe en el camino de la búsqueda de la
sabiduría. O de la felicidad o tal vez de la serenidad, de la resignada y lúcida aceptación
de los hechos.
El asomo al peligro está marcando las lindes del abismo. Y este proceder se puede
asimilar a la gran aventura del creador. Así como Don Quijote lucha con el mundo para
que el mundo sea como él lo desea, combate por un cambio, un mejoramiento, un ascenso
no sólo en el plano ético sino también estético, identificándose – de algún modo – estas
dos categorías, así también procede el Creador, el artista, con su elemento: la Palabra.
Don Quijote de la Mancha como tal es un conjunto de palabras que elige otro
personaje de ficción, Don Alonso Quijano el bueno, denominado así por sus coterráneos.
Don Alonso Quijano es un hidalgo pobre, provinciano, de vida estéril, sin brillo, que
habrá de pasar gracias a un nombre, a otra identidad que él se forja. A partir de esa
identidad que surge de un grupo de palabras, va a pasar a otra vida, ésa sí llena, plena de
nobleza, aventura, bondad, belleza y sabiduría.
El personaje Don Alonso Quijano pasa mucho tiempo en establecer la conexión
entre su nombre real y el nombre, también real, pero que él se inventa, en elaborar la
concatenación de los términos. Al final pone de la Mancha porque es su lugar de origen.
Es el andamiaje perfecto de una personalidad que se organiza a partir de ese nombre.
Ninguna pieza puede cambiarse de lugar sin caer en el riesgo de la desintegración. Lo
mismo ocurre con una obra de arte; sea un cuadro, una canción, un poema o una obra de
teatro. Si se cambia una palabra en un poema, si se altera un acento en un soneto, si se
cambia una línea, un color, un tono, o un silencio (fundamental el silencio en cualquier
manifestación artística) se corre el riesgo de la caída de esa obra. Este nombre, Don
Quijote lo elige luego de cavilar muchos días. Será la denominación a la que responderá
en su vida futura. De la locura de Alonso Quijano, porque vivía leyendo y pasaba las
noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, de ese caos aburrido, de esa vida
rutinaria y sin sentido arribará a otra zona de su personalidad, la esencial, aquella donde
el personaje no está condicionado por ningún elemento externo; la zona de su libertad.
Alonso Quijano es el soporte para que nazca Don Quijote. De ese caos de don Alonso, se
arriba a un orden no convencional ni ortodoxo, donde imperan el bien y la belleza, donde
“Haldudos puede haber caballeros” y las prostitutas pueden ser damas. Don Quijote, en
su primera salida se encuentra con un campesino que está castigando a un muchachito y
le hace prometer que lo va a recompensar. Esa figura estrafalaria vestida con una
armadura de siglos anteriores, le dice que deje de castigarlo. Juan Haldudo, que así se
llama el campesino, le responde que va a cumplir con su promesa. Don Quijote piensa en
retirarse. Entonces el muchachito, con la lógica de la realidad, le replica: “Pero Señor,
éste es Juan Haldudo, el vecino del Quintanar. No es ningún caballero”. Le señala que no
va a cumplir ninguna de sus promesas. Don Quijote le contesta: “Haldudos puede haber
caballeros, cuanto más que cada uno es hijo de sus obras”. O sea, el nombre determina la
conducta futura. Es el orden de la creación.
Don Quijote es un personaje creado por Don Alonso Quijano que a su vez es
creado por Cervantes que a su vez dice que encontró el manuscrito traducido. Pero no nos
ocuparemos de eso.
Cuando Don Quijote, en esa primera salida, se encuentra al llegar a una venta con
unas prostitutas que él llama mozas del partido, el Caballero les pregunta su nombre y
estas mujeres, carentes de identidad, transformadas por su oficio en mercadería,
humildemente le dicen que se llaman la Tolosa y la Molinera. El caballero andante les
responde que desde ese instante habrán de llamarse por su amor –no el amor de pareja,
erótico, sino un amor esencial que trasciende y se inserta en la condición del caballero
andante- Doña Tolosa y Doña Molinera. El otorgarle el distintivo de Doña hace que se
eleven, no de nivel social sino a otra categoría espiritual, ética, diríamos. Es el mismo
orden donde se inserta el eterno imposible, el amor de Don Quijote por doña Dulcinea del
Toboso, personaje que no existe más que en la mente de él pero que tiene relación con
una joven campesina llamada Aldonza Lorenzo. Aquí se nos plantea el tema de la
realidad, porque Aldonza Lorenzo es tan real en el mundo en que ella actúa, como
Dulcinea del Toboso lo es en la realidad de Don Quijote. Dulcinea del Toboso está
actuando de acuerdo a un orden que ha impuesto el creador, en este caso, Don Quijote.
Dice el poeta argentino Roberto Juarroz: “La poesía es un orden por encima del orden”.
También en esa primera salida Don Quijote, luego de un infeliz encuentro con
unos mercaderes que llevaban seda a Murcia para vender, queda, por pelear con ellos,
apaleado, solo y tirado en el camino. Desde ese ángulo de la derrota, de la pérdida y de la
ausencia, Don Quijote se pone a cantar, a decir romances antiguos. Desde ese ángulo Don
Quijote ingresa en el territorio del triunfo. Recita poemas al tiempo que va
identificándose con algunos de los personajes fantásticos de sus aventuras. Pero quieren
las cosas que por allí pase otro vecino llamado Pedro Alonso, un labrador, hombre
sencillo, rústico y bueno. Va al molino como todos los días, tarea absolutamente
cotidiana, que no por cotidiana deja de ser mágica. Lo reconoce y le dice lo peor que le
puede decir, porque Don Quijote lo está identificando con otros personajes de sus
fantasías. Le dice que él es el Marqués de Mantua, Rodrigo de Narváez, y otra serie de
personajes pero entonces Pedro Alonso, con la lógica estructurada de quien va todos los
días al molino sin ver los árboles del bosque, le dice: “-Yo no soy el Marqués de Mantua
ni Rodrígo de Narváez y Ud. no es Valdobinos ni Abindarraez sino el honrado vecino
don Alonso Quijano-“. Pedro Alonso ha pretendido llevar a Don Quijote nuevamente al
plano de la realidad pero ¿de cuál realidad se trata? ¿La de Pedro Alonso o la de Don
Quijote? Entonces la respuesta de Don Quijote entra en el plano de lo sublime. Responde:
“Yo sé quién soy”. Contesta desde la perspectiva de la creación, desde la creatura válida
y autónoma porque es un producto de la poesía, de la creación. En última instancia, de la
cultura.
Con esto tenemos en cierta forma una parábola de las dos realidades, tan
auténticas una como la otra. Una: la tangible, la palpable, la mensurable: la de Pedro
Alonso, la que suma minutos a las horas, horas a los días, días a los meses y a los años
hasta formar una vida a veces sin ningún sentido. La otra es la de Don Quijote recién
creada, que es intangible, inmensurable, aquélla que desde su más íntimo anhelo funda
otra realidad, tan verdadera como la otra en donde “Haldudos puede haber caballeros” y
donde la Tolosa puede ser Doña Tolosa.
Es la realidad de la creación que vive a través de la sangre y savia de la palabra, y
cuando me refiero a la palabra me estoy refiriendo también a la música, a la dramática y
al silencio dramático, a la que es también la pincelada y la línea. La que afirma la
existencia de una vocación de vida y de una identidad elegida. El arte, la creación que
tiene sus propias reglas y que establece su autonomía respecto de todo lo demás. Digo
autonomía, que no significa desprendimiento ni ignorancia. A través de la poesía, la
molinera será Doña Molinera sin dejar de ser ella misma. A través del arte, el hombre
podrá educarse y ser mejor, en un mundo también mejor y en una relación mejor.
La última salida de Don Quijote está avalada por sus fracasos anteriores y por la
ambigüedad que admite el canónigo en el diálogo que ambos mantienen hacia el final de
la primera parte.
Allí, refiriéndose a Amadís de Gaula, Don Quijote dice “Porque querer dar a
entender a nadie que Amadís no fue en el mundo….” y luego… “de estos que dicen las
gentes que a sus aventuras van”, donde asimila el verbo ser de esencia y existencia al
verbo decir, o sea que integra el plano de lo esencial con el de la palabra, el del diálogo,
el de la omalidad; tal vez une el código escrito de una lengua con el de su expresión oral.
Para Don Quijote, según Foncalt el libro es menos su existencia que su deber. De
allí podemos inferir que la Palabra tiene consistencia ética más que estética y alcanza
valor de destino.
Yo pienso que lo ético no suplanta lo estético sino que lo integra, lo complementa:
“conforman una unidad que remite al pensamiento platónico y su ecuación: lo bello es
igual a lo bueno.
El libro tiene una quema de libros hacia el comienzo de la obra; es una suerte de
auto de fe que pretende destruir la Palabra del libro, es decir la Palabra escrita, creada.
Pero a su vez la obra termina con una expresión poética que proviene de la tradición
pastoril, pero esta vez en boca de Sancho.
Entonces parecería que al inicio del libro, se produce un auto de fe para destruir
la Palabra, el Libro, la Poesía, por temor y por considerar que ellos son los vehículos
conductores de la locura y la perdición.
Todo el libro está constituido por la lucha entablada por nuestro héroe contra
tamaña desventura y, hacia el final, si bien el protagonista cede a su supuesta derrota, la
Poesía se salva en labios de Sancho Panza.
Su salida de la casa es ardua, necesita de tiempo, de esfuerzo, de lucha, de lectura
por supuesto, de asimilación y meditación acerca de esa lectura, luego de ordenamiento
de las causas, los hechos y los efectos, las futuras consecuencias y crónicas al respecto, o
sea todas las posibles vivencias que puede vivir el creador respecto a su creación. Por eso
Don Quijote es la creación de Alonso Quijano y su salida puede vérsela como un
nacimiento. Del Caos al Cosmos. Un ascensión hacia el Orden que es, en este caso el
Orden que es, en este caso el Orden de la Caballería o el Orden de la Ficción, de la
Fantasía, de la Imaginación. Y de la Verdad. Y de la Bondad. O sea, de la Poesía.
Al salir de su casa, nace, se da a luz.
Su locura consiste en negar lo que es a favor de lo que pudiera ser.
Don Quijote es la suma de las decepciones, de los fracasos seguidos de otros
fracasos, fracaso o derrota que son sublimados por las palabras finales de Sancho.
Sucumbe – tal vez – el personaje, pero no su palabra. Como en los torneos olímpicos, la
llama de la Palabra la tomará otro individuo que no repetirá seguramente las hazañas del
anterior porque las palabras crecen y se fortifican en cada individuo. Y es así que Sancho
crece a lo largo de la novela detrás de una palabra, mucho más que de una ambición.
Esa palabra es ínsula ¿qué significa para él? ¿Es acaso un territorio, una riqueza,
un poder? O es, más bien, lo aventurero, lo desconocido, lo otro, lo que no ha sido y
puede serlo? ¿No se asimila acaso también a la ilusión, a la utopía?
La Palabra será pues el puente hacia lo desconocido como desconocido es el
territorio de la Creación cualquiera sea su índole. Cuando el creador se asoma a lo que
puede llegar a ser su obra, apenas si puede conocer el punto de partida, pero nunca, o
muy difícilmente, el del arribo. La creación es entonces el ámbito esencial de la aventura
y estará encuadrada dentro de los límites del riesgo y del abismo que asoma entre el
perímetro de lo desconocido. Aventura que no tiene por que circunscribirse a la creación
artística, ya que la más grande y sublime creación que puede emprender un hombre es la
de su propia vida individual.
Es, entonces, a través de la Palabra que Don Quijote viajará hacia otro terreno,
hacia otro tiempo, que no será el del pasado histórico, sino el intemporal del mito. Las
referencias que hace el personaje pertenecen más a la leyenda que a la historia, y cuando
aparece algún elemento real, sirve sobre todo para otorgar mayor encarnadura a los
referentes legendarios. Su viaje es el del eterno retorno al tiempo de la leyenda, del mito,
de la poesía, del relato infantil donde los límites del tiempo se diluyen entre los
parámetros de la eternidad.
Al anular el tiempo real, Don Quijote destierra de su ámbito a la muerte, ya que
aunque el protagonista muera, su palabra encarnará en los labios del otro, de Sancho.
Su palabra es el gran instrumento, la más importante herramienta que usa nuestro
personaje en sus aventuras.
En su voz, lo ético y estético se integran para formar una nueva categoría, son una
unidad, como unitario deviene el yelmo de Mambrino para convertirse en baciyelmo.
Todo esto desemboca en algo que he dado en llamar el poder órfico de Don
Quijote. Como Orfeo, el primer poeta, con su canto, Don Quijote encanta.
De algún modo, sea por burla, por temor, incluso a veces por crueldad, otras por
quitárselo de encima, prácticamente casi todos sus interlocutores lo siguen en su juego.
Primero Sancho, también el ventero, los mercaderes, las mozas del partido, los
cabreros, recuérdese el respeto con que lo trata Don Álvaro Miranda, el caballero del
Verde Gabán.
¿Es loco? Sí. ¿Es sensato? Sí. ¿Es fascinante? Sí. ¿Es rechazante?. También.
Todo eso y más, es Don Quijote, porque Cervantes tuvo la agudeza genial de no
dibujar un personaje en una sola dimensión, sino que al diseñar su perfil está mostrando
el amplio espectro y las contradicciones del alma humana. De ahí que todas las lecturas
puedan tener su validez, desde la lectura de sus contemporáneos que vieron en él la figura
ridícula y risible hasta el perspectivismo heroico con que lo miraron los románticos.
Miguel de Unamuno lo ve en una sola dimensión: la trágica, pero se olvida de la sombra
grotesca que acompaña a nuestro caballero andante.
Y aun así no podemos negar la validez de su mirada.
A través de todo lo que hemos expuesto concluimos que el gran viaje del
caballero se realiza a través de la Palabra y en realidad puede llegarse a pensar que quien
viaja es la Palabra a través del personaje protagónico y sus antagonistas.
El momento crucial ocurre en el capítulo X de la 2da. Parte, episodio más
conocido como el encantamiento de Dulcinea. Allí el que usa la palabra es Sancho y con
ella, el escudero modifica la realidad, pero con un sentido inverso al de Don Quijote: éste
eleva a las mozas del partido hacia el nivel de damas, el bruto y cruel Juan Haldudo
puede llegar a ser caballero, la venta es un castillo, los molinos, gigantes y así a lo largo
de la novela. En cambio Sancho transforma a Dulcinea en una labradora tosca con aliento
a ajos que encalabrina y atosiga el alma de nuestro personaje. Sancho con sus palabras
desciende a Dulcinea del pedestal de Dama o casi diosa, dentro del linaje de la Beatrice
de Dante, hasta el más bajo y ramplón de la campesina fea, olorosa, grosera y
deslenguada. Pero si lo miramos desde otra perspectiva, además de hacer eso, Sancho
vuelve realidad la entelequia de Dulcinea, ya que repite ésta era más un nombre que una
mujer, apenas con un lejano parentesco con esa vecina del lugar llamada Aldonsa
Lorenzo. Al transformar y deformar aquel ideal femenino, ¿no podríamos ver en Sancho,
además de su contorno circular, una propensión a la exageración de las formas?
Porque de esta manera, Sancho, aunque cruel, en este momento le proporciona a
Don Quijote la posibilidad de que su sueño se vuelva realidad, pero deformada. La
circularidad y la deformación que caracterizan a Sancho, de algún modo están mostrando
el espíritu del barroco por oposición a la figura longilínea y vertical del caballero, natural
del gótico y de la Edad Media. Él representa el tiempo vertical, la aspiración a lo
superior, en tanto su escudero se define por la circularidad, aunque al final de la obra, el
protagonista adopta la posición horizontal, quizá la del reposo y la de la muerte, pero
también la del reencuentro consigo mismo, la conquista de la serenidad, de la reflexión,
de la ubicación en su auténtica dimensión humana.
Al regresar a su casa, ésta no es la del comienzo que albergaba el germen de la
locura; la del final es la casa de la cordura, cordura que deriva de cordado, cordatus,
cordis, es decir el corazón, centro vital y eje de la vida.
Cordura se aviene con “recuerde” en el sentido de despertar, como en Manrique, y
recordar es también acordar, concordar.
La paz final, si bien profundamente melancólica, es la de la concordia consigo y
con su entorno.
La Palabra tiene radicación en la locura del personaje. Pasa por las diferentes
etapas vitales: primero, en la juventud de la locura, en sus inicios la misma divagación se
tarda en buscar su nombre, las armas y toda la infraestructura que él cree necesario para
ser caballero. Es lo que todavía no es, no alcanza la nuda expresión. Por eso la llamamos
la etapa del balbuceo.
La segunda es la de la madurez de la locura que se corresponde con la estatura que
alcanza Don Quijote en varios de los pasajes donde se refiere a la libertad o al poder,
frente a Sancho, los duques, la pastora Marcela o los Galebtes.
Es la palabra preñada de verdad y sensatez que tiene proyección hacia el tiempo
del mito o de la poesía y corresponde a la vez a la plenitud de su desvarío y de su
inteligencia y sensibilidad. La última etapa sería la del silencio, cuando la Palabra reposa
y permite el acceso a la paz, la reflexión, la cordura, la serenidad. Es la finalización de la
locura.
Sólo hay una expresión de Don Quijote “en los nidos de antaño no hay pájaros
hogaño”. Luego viene el silencio. Ante la presencia de la Muerte, sólo cabe el silencio.
De ahí el valor de este último.
Ante la divinidad Isaías enmudeció y Dante no encuentra los términos poéticos
para expresar tanta grandeza. Ahora es Cervantes quien le quita la Palabra a Don Quijote,
al arribo de éste a la cordura.
Don Quijote, el del habla florida, el de la gótica estatura erguida, aunque
anduviera maltrecho, enfrenta a la Muerte sin palabras. Y nos deja, más que amargura
una dulce tristeza parecida a la melancolía. Valiente y sereno se coloca de cara a la
Muerte y la recibe, sin ninguna palabra, o con todas que equivale al Silencio. El gran
viaje ha terminado.-

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