Boabdil la leyenda….

Posted on 16 junio 2009. Filed under: UNIDAD 9. ¿Campo o Ciudad? |

El Suspiro del Moro





Tras la rendición de Granada

a los Reyes Católicos, el año de 1492,

los muslimes, familiares y servidumbre del rey Boabdil,

las mujeres del harén,

los príncipes de la sangre,

los santones y faquíes del palacio,

los propios monarcas,

tuvieron que abandonar muy a su pesar

los fastuosos salones y majestuosos jardines
de los palacios de la Alhambra,

donde tanto goce terrenal habían disfrutado durante varias bienaventuradas generaciones.


Formando parte de la comitiva que marchaba al destierro,

los jóvenes guerreros,
impetuosos e intransigentes,

no se conformaban en la desgracia
y proferían gritos amenazantes,

rebeldes y reivindicativos.
Los viejos santones,

solemnes, reflexivos,

sintiéndose sensatos ante tanta desventura,

sobreponían la tenue luminosidad

de la supervivencia de aquella casta

al orgullo humillado,

el infortunio manifiesto

y la rabiosa desesperanza

de los desterrados.

Las mujeres, incapaces

de controlar el dolor de sus congojas,

entre llantos y sollozos proferían alaridos desgarrados,

multiplicados en millares

por el eco entre las cañadas.

Mientras el trepidante sonar

de los victoriosos clarines castellanos

estremecían de una u otra forma

a todos y cada uno de los habitantes de Granada,

las largas filas de desheredados marchaban lentamente,

flanqueando a las dóciles recuas

que transportaban lo más preciado

e indispensable de sus pertenencias,

a lo largo de los caminos y quebradas

que desde la fértil vega granadina

ascienden a los agrestes parajes de las Alpujarras,

en las estribaciones meridionales

de las montañas que conforman Sierra Nevada.

Atardecía cuando la comitiva,

tras sobrepasar Alhendín a diestra

y posteriormente Otura a siniestra,

alcanzó la alta loma que define el puerto

desde el que empieza a vislumbrarse el término

de Al Badul (hoy llamado El Padul)

y se pierde de vista la extensa vega granadina.

Boabdil bajó de su corcel árabe
 

y dió media vuelta.
Observó con profunda amargura
 

la lejana silueta de los palacios y alcázares nazaríes
 

coronando la rojiza colina de la Alhambra,
 

a la que durante toda esta jornada de viaje
 

había estado dando la espalda.
Los débiles rayos del crepúsculo,
 

procedentes del sol poniente
 

tras el horizonte que forman las colinas de Loja,
 

apenas permitían discernir
 

detalles del paraíso perdido.
A pesar de todo a Boabdil
 

le pareció la Alhambra más hermosa que nunca,
 

que ya es decir hermosa.

La congoja apretó su pecho,


dejándolo sin respirar por instantes.


Una inspiración muy profunda puso fin


al prolongado periodo de apnea.


Las emociones contenidas


en lo más íntimo de su pecho


afloraron al exterior


en forma de amargo gemido.



Testigo de excepción

del humano desahogo regio

la madre del sollozante Boabdil,

la Sultana Aixa al-Horra,

no pudo contener ni un momento más

la rabia contenida que la embargaba.

De alguna forma  abrió una válvula de escape

para liberar al menos parcialmente

las tremendas tensiones que venían oprimiendo

a su angustiado espíritu.

Súbita, espontánea, inesperadamente,

sin pelos en la lengua,

increpó adustamente a su hijo Boabdil

una frase desabrida,

lapidaria, humillante:
-Llora como mujer lo que no supiste

guardar y defender como un hombre.
Desde aquel aciago día

el puerto de 860 m de altitud

donde madre e hijo tuvieron tan breve pero intenso

intercambio de emociones

es comúnmente conocido como

“El suspiro del Moro”.

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